septiembre 06, 2007

Bernadette Devlin - de Claudio Ayala (Primera parte)

Charles Devlin, vio en la muerte de su hermana una lección de la naturaleza. Rosselin, murió instantes después de dar a luz. El corazón y el alma sufrían, pero el alma no puede morir.
El aire estaba enrarecido y el hipnótico traqueteo del viejo tren hacía más pesado el viaje.
La marcha se había hecho más lenta debido a la cercanía de un pequeño pueblo, en el que la empresa de ferrocarriles hacía una de sus tantas paradas.
Tomó en una de sus manos los boletos. Se leía con dificultad el nombre escrito con tinta “Rosse`l Hill”. El pueblo era pequeño y no aparecía en los grandes mapas y aunque tenía menos comodidades que Belfast, lo único que interesaba a Devlin era el hecho de ser conocido por nadie.
El pueblito estaba al pie de un paso entre montañas con salida directa al puerto de Wiclow y era famoso por su especial clima propicio para la cría de ovejas.
"Es un buen lugar..." pensó y comenzó a descender con la pequeña Bernadette.
La pequeña llevaba en sus manos una sucia muñeca de trapo a con un solo ojo.
Caminaron a través de la estación hasta la calle principal del pueblo. Al salir de la estación el pueblo no iba más alla de su vista. Un grupo de mujeres caminaba por la plaza en dirección opuesta a la calle. “Monet hubiera echado raíces en un pueblo como este”, se dijo al ver el paisaje.
Charles Devlin caminó junto a la niña hasta un carruaje de alquiler.
- Al hotel...- murmuró Devlin.
Con una orden los caballos comenzaron una lenta caminata hasta el único hospedaje del pueblo, el EireLand Hotel.
Con un suspiro el hombretón miró el reloj.
- Ya falta poco- pensó y volteó la mirada al interior del carruaje.
Aunque parecía tener un poco más de 6 años, un tenue hilo de baba se descolgaba de la comisura de Bernadette. La espesa saliva de la pequeña chocó contra el tapizado mientras Charles miraba cansado el interior del coche.
El anciano chofer observó de reojo la situación. Y resopló fastidiado.
- Por favor Señor… - de repente una fuerte tos del viejo carrero, hizo que los caballos sintieran los tirones de las riendas y detuvieran el carruaje.
La niña acunó a su muñeca.
- Se siente bien- dijo Devlin casi gritando.
El viejo carrero, intentaba hablar pero la tos se había convertido casi en convulsiones. Se volvió como pudo pero los años pudieron más que él.
Ya en el hotel y luego de dejar al anciano con unos médicos de campaña que regresaban del frente de batalla, Charles Devlin y la pequeña Bernadette se encontraban alojados en el cuarto 26 del primer piso.
La ventana del cuarto daba a la plaza central.

***

Charles Persival Devlin, había crecido en el seno de una familia católica ortodoxa, con una muy rígida formación. Decidido a seguir los pasos de su padre, concurrió al instituto teológico de Dublín y se graduó como profesor de teología. Luego de dejar la casa de sus padres, vivió un tiempo con su hermana en un pequeño departamento a las afueras de Ulster, hasta que enterarse que su hermana Rosselin estaba esperando un bebé.
Era Agosto de 1944 y la guerra había dejado un largo rastro de miseria en esa parte del Reino Unido. Con Belfast maltrecha y Dublín poco menos que en llamas, el panorama no era muy distinto del de toda Europa.
Charless había decidido abandonar Belfast, luego de haber renunciado a su trabajo como profesor de teología en un colegio católico de la capital irlandesa. La vida había sido tormentosa desde la muerte de su hermana, pocos minutos después de dar a luz. Su corazón no resistió el intenso trabajo de parto.
Al salir del hospital de Ulster y dejando a su hermana para siempre dentro, el hombre sabía que su vida sería muy diferente de lo que había planeado. Se mudó a Belfast y al poco tiempo conoció a Fiora Dortmund, una alemana robusta, con la cual había convivido en un pequeño departamento, hasta un par de semanas atrás. La mujer había decidido terminar sus días en el pavimento, luego de arrojarse de la terraza donde vivían.
Charles Devlin sufrió su última pérdida en la gran ciudad. Salió de su apartamento. Una última charla con un primo de la Señora Dortmund sugirió el destino del viaje, que ahora llegaba a su fin.

Dejó su equipaje en el hotel y decidido a comenzar de nuevo, Charles se dirigió con sus cartas a una pequeña escuela cerca del convento Ignaciano de Rosse`l Hill, siempre de la mano de Benadette.
- Buenos días, vengo a ver al Señor Pierce… dígale que lo busca Charles Devlin.
La secretaria tomó las cartas del profesor y se introdujo casi furtivamente en la primera oficina.
Poco más de 4 minutos pasaron cuando al fin chirriaron los goznes de la vieja puerta de abedul barnizada en color caoba.
- Señor Devlin, entre por favor.
La vieja secretaria del colegio Saint Patrick intentó cerrar la puerta detrás de los visitantes, pero se contuvo.
- Tome asiento señor Devlin- sugirió Pierce.
- Gracias… es Usted muy amable al recibirnos.- Devlin, miraba nervioso la pomposa oficina del rector, mientras la pequeña deambulaba entre bibliotecas y plantas mesas de estudio.
- Es usted un enviado del cielo – Pierce carraspeó nervioso- fue un hecho lamentable lo de la tía del Señor Dortmund, nuestro antiguo profesor, una verdadera pérdida. En fin, con el cese de la guerra queremos reconstruir nuestra el Reino Unido… usted me entiende. Nuestro colegio es muy respetado en la región por su alto nivel académico y queremos que continúe a la vanguardia en este plano también. Sin embargo he examinado sus cartas y es extraño que un profesor con su carrera se encuentre hoy en esta parte del país.
- Insisto es Usted muy amable… quiero comenzar de nuevo en una ciudad lejos del ruido de las capitales. Los hechos recientes fueron los desencadenantes. Al quedarme solo con la pequeña – Pierce se mostró inquieto con las palabras de Devlin.- he decidido cambiar mi vida y llevar un ritmo mas tranquilo para poder cuidarla.
- Entiendo su preocupación.
- Gracias Señor Pierce, no se arrepentirá.
- Así lo creo Devlin, tengo buen olfato para las personas.
Al salir de la oficina, Charle se sentía renovado. Al fin la vida se había acordado de sonreírle luego de tanto dolor.

CONTINUARÁ...

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